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El viaje, el bus y las lágrimas

El viaje, el bus y las lágrimas, de Mariano Alejandro Goren (2002) Este es uno de mis relatos, que realicé cerca del año 2002. La historia fue inspirada en las consecuencias…

El que quería leer

de Mariano Alejandro Goren y Juan Martín Serantes Peña (2003)

80488460, Image Source Image SourceSe sentó en el medio del living vacío. En el suelo, con las piernas cruzadas. Afuera seguía lloviendo y no parecía que fuera a parar en las próximas horas. Estaba bien, no importaba. Oscar pensaba pasar un rato adentro. La pequeña casita de chapas (la choza) iba a aguantar. Había aguantado mucho tiempo, casi cinco años desde que la había ocupado. Antes era de Adrián, pero a Adrián lo había bajado la cana y Oscar tenía que dormir en algún lado. Pendejo, sí, pero no boludo. En la Villa 12 o la hacés o te la hacen. Y él era de los que la hacían. Algo de eso es lo que pasaba por su cabeza en esos días, y algo de eso es lo que lo hacía observar con tanta satisfacción la mochila que se estaba secando entre sus manos. Era el comienzo. No creía que fuera suficiente, pero era el comienzo. Pesaba, ojo. Tenía que tener suficiente adentro. Mientras sentía interminables gotas de lluvia resbalar por su cuerpo, desestimó la posibilidad de considerar estéril su proyecto. No estaba arriesgando el pellejo por guita, como antes, sino por algo mucho más sustancioso. Y a la larga, tenía que tener resultados.

La noche en que el mundo calló

de Mariano Alejandro Goren (2003) Para Silvio, Eliana y Marcela, que me muestran el mundo como realmente es...

“...Y así es como es.”.

Con estas palabras culminó la conferencia que dio al mundo una de las noticias más shockeantes de la historia. Conmovió. Llegó al corazón de algunos y a la mente de otros. Casi no lo podían consentir. Pero la realidad científica los hizo volver...

Sentado en mi sillón, lloré. Creo –sólo creo– que fue de alegría, porque al fin pensé tener razones para creer en lo que creí siempre. Acompañé mi llanto de una risita histérica. Había tratado de ver una película alquilada, esa noche. En vez de eso, opté por ver uno de esos programas “divertidos” de la televisión abierta. Pero una interrupción en absolutamente todos los canales del mundo –creo yo– cambió todo. Me arrepentí de no haber oprimido el botón de “play” al instante que escuché la maldita noticia, pero creo que igualmente me hubiera enterado, de una manera u otra. Un mail de Paul, un llamado de Barbarita, una carta acorde al estilo de Marina. Sí, me hubiese enterado de cualquier manera.

El vaso que contenía mi whisky de la noche se vació abruptamente, y me quemó la garganta. Aplaqué el ardor prendiendo un cigarrillo; comencé a fumar desesperadamente, consiguiendo una tos que bien podría haber evitado.

Mi carácter se tornó violento. Agarré el abrigo y dejé el departamento dando un fuerte portazo. Mientras que bajaba las escaleras, seguía pensando en la interrupción de ése programa: en aquél momento, me comenzaba a llevar bien... Sentía como al tiempo que mi mente se ponía en blanco, mi cuerpo comenzaba a hacerse parte del sillón. Y para colmo de los placeres terrenales, el whisky.

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