in Relatos

El que quería leer

de Mariano Alejandro Goren y Juan Martín Serantes Peña (2003)

80488460, Image Source Image SourceSe sentó en el medio del living vacío. En el suelo, con las piernas cruzadas. Afuera seguía lloviendo y no parecía que fuera a parar en las próximas horas. Estaba bien, no importaba. Oscar pensaba pasar un rato adentro.

La pequeña casita de chapas (la choza) iba a aguantar. Había aguantado mucho tiempo, casi cinco años desde que la había ocupado. Antes era de Adrián, pero a Adrián lo había bajado la cana y Oscar tenía que dormir en algún lado. Pendejo, sí, pero no boludo. En la Villa 12 o la hacés o te la hacen. Y él era de los que la hacían.

Algo de eso es lo que pasaba por su cabeza en esos días, y algo de eso es lo que lo hacía observar con tanta satisfacción la mochila que se estaba secando entre sus manos. Era el comienzo. No creía que fuera suficiente, pero era el comienzo. Pesaba, ojo. Tenía que tener suficiente adentro. Mientras sentía interminables gotas de lluvia resbalar por su cuerpo, desestimó la posibilidad de considerar estéril su proyecto. No estaba arriesgando el pellejo por guita, como antes, sino por algo mucho más sustancioso. Y a la larga, tenía que tener resultados.

“Anteojos”, pensó, y sonrió con malicia. El par que descansaba sobre la mesa era un símbolo de algo, indescifrable para él en ese momento, pero símbolo al fin, y como tal representación de. Al menos para él representaba algo. O quizá fuera más justo decir no que representaba algo, sino que era algo, sin pensar en un supuesto valor intrínseco, sino por el poder que él le entregaba en su ingenuidad. Porque de otorgar poder se trataba toda esta experiencia. No es que Oscar lo supiera conscientemente, pero algo de esa verdad llegaba a intuir, y era el motor de su plan.

Al principio, no se los iba a llevar. Pensó que con la mochila era suficiente. Pero un segundo después de darle la orden al chico de que se fuera corriendo en dirección opuesta, tuvo un instante de lucidez. Quería los anteojos. Así que con un par de movimientos se los arrebató. Y ahí se produjo el incidente fuera de lo calculado, aquello a lo que aún no le encontraba explicación. Preso de un éxtasis absoluto, incoherente, entró a golpear al universitario con una violencia feroz. Sobre todo se centró en el rostro, al que no dejó tranquilo hasta que estuvo empapado en sangre. Era el poder de tener los anteojos en sus manos, exactamente igual a como lo había imaginado. No los soltó ni dejó de observarlos en todo el camino de regreso.

Y ahora se encontraba tirado en su casa, con el preciado botín. Una mochila marrón, un par de anteojos. Y una sensación… sintió una expectante emoción en el momento de abrir el cierre de la mochila, como lo que siente un chico abriendo su regalo de cumpleaños, mitad ansiedad y mitad deseo de prolongar el momento. Claro que él no sabía eso, porque nunca había festejado un cumpleaños. La abrió y observó el interior. Sí, allí estaba todo, tal como lo había imaginado. Un mundo de conocimiento comprendido en unas cuantas hojas de unos cuantos libros. Un mundo de sabiduría. Un mundo de prestigio. Un mundo de poder.

Tomó un minuto para ordenar prolijamente lo que sacaba del bolso. Dos pequeños libros de tapa blanda, y un cuaderno con anotaciones eran lo más voluminoso; completaban el botín unos cuantos lápices de colores, un resaltador y una pluma de metal dorado que pensó empeñar, pero prefirió guardar como recuerdo.

Hojeó y escrutó cada una de las páginas de los libros y del cuaderno, con suavidad y recelo. “¡Cuánto!”, pensaba mientras. Pero al darse cuenta que no comprendía lo que allí había escrito, comenzó a desesperarse. Primero golpeó el suelo de barro. Su odio era eterno y se dirigía hacia todas las direcciones. El permanente goteo del techo acompañaba la escena. Los relámpagos. Los truenos. Decidió dejar la casilla para dirigirse hacia algún otro lugar que le diera una satisfacción. Al instante, se encontraba bajo la lluvia. Al llegar a la estación del tren no dudó en golpear a la muchacha indefensa, para luego violarla sin compasión. Se sintió más relajado.

Cuando hubo acabado, volvió caminando, siempre bajo esa lluvia intensa. Pensó en que con el tiempo todo cambiaría. No importaba cuanto esfuerzo le costara, ni cuanta gente se cruzara por su camino. Pero lo lograría. Pero este era el momento de recostarse y descansar. Apagó la luz.

El día amaneció despejado, y la lluvia era un recuerdo lejano. De día sería más difícil robar, pero igual se acercó hasta la Facultad de Medicina. Algo podría aprender –o sustraer– sin que los universitarios se dieran cuenta. Miles de personas acudían al edificio. Vestido con sus mejores ropas rondaba en los pasillos, entraba a las clases, se sentaba y pretendía entender. Porque, todavía, no entendía nada. Cuando una muchacha olvidó un gigantesco tomo bajo su pupitre, comprendió que su ignorancia no duraría mucho más.

Bajó del tren y se acercó al kiosco de Manolo. El gallego –como le decían en la villa– fue siempre una persona importante para Oscar. Desde muy chico lo dejaba hojear las revistas de historietas. Siempre insistió en que aprendiera a leer. Pero, para el joven, eso era “demasiado complicado y aburrido”. Había formas más fáciles…

-Che, Manolo, ¿qué hacés?

-Todo bien, pibe. ¿Vos?…¿Qué traés en la mochila? ¿Anduviste robando estéreos de nuevo?

-No, gallego… ya no curto más esa onda… mirá.

Abrió la mochila. Y mostró el pesado libro.

-Pero… ¿desde cuándo estudiás medicina vos?

La risa sonó socarrona. Y Oscar saludó pronto y se fue sin contestar nada. El quiosquero sacudió la cabeza y volvió a sus quehaceres, los mismos de hacía veinte largos años.

De vuelta en la casilla, la misma escena de impotencia se repetía. Miraba los incomprensibles símbolos. Los dibujos también aparecían como enigmas irresolubles. Pero no le ganarían, no. Aunque estuvieran contra él. Tuvo una idea genial. Cruzó a la casa de Doña Teresa y golpeó en su puerta.

-¿Qué tal ña Teresa? ¿Le llovió mucho anoche?

-Si, nene… no pude cobrar la semana y no arreglé el techo. Era darle de comer a los chicos o el techo…

-Bueno, no se preocupe, ya la ayudo en estos días, ¿le parece?

-Ay, sos divino vos, Oscarcito. Siempre le dije a tu mamá, que en paz descanse, que vos ibas a salir bueno…

-Si, pobre la vieja… Doña, le quería pedir si tenía algo de miel, ¿vió? Yo sé que usted siempre tiene, por que le trae su tío del campo, ¿no?

-Sí, tengo, tengo…

Teresa entró a la casilla y sacó de la alacena un frasco de mayonesa ahora convertido en depositario de miel.

-¿Cuánto querés? –Gritó

-Con unas cucharitas estamos… –Oscar ya se estaba poniendo impaciente.

La mujer preparó una bolsita de plástico y volcó dos cucharas abundantes de la dulzona sustancia. Regresó a la puerta y entregó lo que el muchacho estaba buscando.

-Gracias, señora. Usted me avisa cuando quiera que la ayude con el techo, ¿estamos?

-Sí, nene, no te preocupes. Que Dios te bendiga.

-Sí, a usted también.

Oscar cerró la puerta y la trabó con la mesa. Encima puso el libro y la bolsa recién obtenida. Arrimó un banquito y se dispuso a comenzar la tarea.

Se calzó los anteojos. Pese a que su mirada se borroneó, decidió mantenerlos puestos, ya que para estudiar esto resultaba fundamental. Arrancó dos hojas del libro y cubrió las caras internas de miel. Lo hacía con los dedos y los iba chupando a medida que se embadurnaban de tinta. Cuando las cubrió totalmente, puso una encima de la otra y emprolijó la unión, para que el sándwich fuera perfecto, perfectamente simétrico. Las hojas amarillas ya húmedas por la miel fueron fácilmente desgarrables, y el primer bocado le supo realmente delicioso. Sintió un enorme conocimiento creciendo desde su estómago. Eso lo impulsó a comer más y más, pero la miel se acabó pronto. Solamente había ingerido treinta páginas, y el libro parecía intacto. Se preocupó, pero pronto encontró la solución: debería engullir sin miel, pero masticando bien… no fuera a ser que se quedara sin masticar esas palabras.

Para las dos horas siguientes, casi tres cuartos del texto habían desaparecido. Pero se encontraba mal, se sentía enfermo. Y pensó: “…Demasiado conocimiento por hoy. Tengo que descansar para que entre todo en mi cabeza”. Y así se durmió sentado, con la cabeza sobre la mesa. Al levantarse y mirar el pequeño pedazo de espejo que poseía, buscó algún cambio físico que denotara su conocimiento… y al abrir su boca, lo halló. Su lengua prácticamente negra era la pauta de que ahora por sus venas corría una sangre distinta…

Pasaron quince años desde aquél momento, y Oscar no sólo había asaltado estudiantes de medicina, sino también de derecho, de filosofía, de psicología, de arquitectura… hasta en dos oportunidades se acercó a universidades privadas y consiguió botines relacionados con diseño gráfico y afines. A mano armada irrumpió en librerías y llenó varias bolsas de residuos con grandes cantidades de libros y revistas de todo tipo.

Siguió con su conducta de engullir hojas y hojas, pero en determinado momento, llegó al hastío. En aquél entonces, decidió tomar otras estrategias, principalmente dormir sobre los libros; esto no era tan difícil con la cantidad que recolectaba. Los ponía lo más prolijo posible sobre el piso, formando una cama que variaba en su forma: algunas veces era un rectángulo, otras un círculo, o una cruz. Los dolores y contracturas al momento de despertarse le daban la pauta de cuanto costaba estudiar.

Si conseguía unas velas prestadas de Mai Gregoria –la curandera local­–, las encendía formando una estrella. La mujer le había dicho que esa era la forma correcta de hacerlo, que lograría así todo lo que se propusiera. Su búsqueda de conocimiento lo llevó también a ingresar a varias clases, en las que trataba de conseguir el mayor poder posible. Intentaba –muchas veces no en vano– entender de lo que allí se hablaba. Su costumbre, luego de la clase y cuando todos ya se habían ido, era lamer el pizarrón en su totalidad.

Oscar, durante un tiempo, se fue ganando el pan con changas de todo tipo. Desde aquél trabajo con Teresa, muchas personas de la villa le pedían ayuda con sus quehaceres.

A medida que los robos iban sumándose, la casilla comenzaba a ser más una biblioteca que otra cosa. Cuando sus vecinos descubrieron esto, comenzaron a hacerle consultas de todo tipo, y a cambio daban algo para que el joven comiera. Hasta Gregoria en varias oportunidades buscó el consejo de Oscar para solucionar las frecuentes riñas con su marido. Y pasado algún tiempo más, las clases eran la prioridad. Ya los robos se disminuían a pequeñas sustracciones de cosas que los estudiantes olvidaban en los recreos. Los profesores en varias ocasiones preguntaban por qué el hombre no tomaba apuntes, pero no recibían respuesta. Jamás había hablado con estas personas que a su mirada eran inferiores; y nunca lo haría. Pasaba los cursos como “el negro con anteojos”, como en general lo describían sus compañeros de clase.

A la villa llegaron varios asistentes sociales, en su mayoría estudiantes de medicina y sociología. Iban casilla por casilla, buscando comprobar que todos los chicos estuvieran vacunados y libres de enfermedades. Cuando había, entregaban algunas bolsas con comida, e instaban a todos a que concurrieran a hacerse chequeos básicos en la salita que funcionaba como hospital. Hasta ofrecían enseñar a leer y escribir.

Una de esas mañanas en que varios de ellos caminaban por la villa, Dolores –estudiante de psicología–, golpeó a la puerta de Teresa. Pese a que odiaba el trabajo, se esforzaba por realizarlo de la mejor manera; sus calificaciones dependían de ello.

Teresa abrió la puerta con desconfianza, ya que nunca le habían gustado los extraños que invadían la villa. Siempre venían junto con los vientos de las elecciones presidenciales, y desaparecían pronto, llevándose sus secretos.

-Sí, diga, señorita… ¿qué necesita?

-Señora, yo soy estudiante de psicología de la Universidad de Buenos Aires, quería hacerle unas preguntas, ¿puedo pasar? –Replicó Dolores, sonriendo forzadamente.

-Bueno, niña, pero por favor que sea rápido, tengo que hacer muchas cosas… –Teresa mentía convincentemente. Pero no sería descortés. Ofreció una silla y mate para la recién llegada.

-Tengo acá una planilla para llenar, tengo que poner sus datos, como la edad, los nombres de sus hijos… ¿por qué no empezamos con eso? ¿Cuántos tiene?

En ése momento, Jorgito, el más pequeño de los ocho niños, jugaba sobre la mesada de la cocina, un tablón montado sobre dos caballetes de madera podrida.

-Tengo ocho chicos… El más grande, Adrián, y el que le sigue, Carlos, están trabajando. ¡Ah! y Mario también, consiguió una changa con sus amigos peruanos… los hijos de Matilde, ¿vió?

-Sí, sí, claro… –Respondía Dolores, mientras que consignaba la información en sus papeles.

-Después, Pachi, Yamila, Marcos, Jorge y Martita, que son más chiquitos…

Un ruido y gritos llamaron la atención de Teresa y de la asistente, que voltearon para ver a Jorgito tendido en el piso, con su rodilla sangrante: había caído desde el banquito. La altura había sido suficiente para provocar esa lastimadura y el llanto de la criatura.

Dolores se impresionó por la imagen, y pese a su distancia autoimpuesta, ofreció prácticamente a los gritos:

-¡Señora, llevemos al nene a la salita, así lo curan!

-¡Ay Dios, ay Dios por qué le pasa esto al nene!

-¡Vamos, señora por favor! –Dolores comenzaba a desesperarse por la imagen de la mujer abrazando al chico.

-No, no hace falta ir a la salita, vamos a lo de Cervantes… –Dijo una Teresa más calmada, mientras levantaba al niño en brazos.

-¿Quién es Cervantes? ¿Usted me está cargando?

-No, señorita, venga, venga…

Al momento, ambas mujeres se encontraban golpeando la puerta de la casilla mejor ensamblada de toda la villa. Esto llamó la atención de la joven asistente, que observaba los ladrillos perfectamente ubicados, una puerta de metal y una ventana con vidrio. En una comparación rápida, parecía una mansión al lado de todas las otras viviendas…

Oscar escuchó los estridentes golpes en la puerta y se apresuró a guardar los “bocaditos” que se había hecho ese mediodía; pequeños y deliciosos paquetes de hojas conteniendo verduras y carne. Las formas de conocer ya no tenían límites para el hombre llamado ahora Cervantes… 78053382, Thinkstock Comstock Images

Al abrir la puerta, las dos mujeres hablaban gritando, pidiendo ayuda. Oscar tomó al niño en brazos, y mientras observaba la herida pidió calma. Su voz suave y convincente calmó a Teresa y a Dolores. Hizo una curación rápida y vendó al chico. Le ofreció un dulce.

Invitó a sentarse a las mujeres. Teresa subió a Jorgito a su regazo, y mientras lo acariciaba, pronunció:

-Gracias, Oscar… ¿ve, señorita? Por eso lo llamamos Cervantes, porque sabe todo, ¡mire, mire! –La ya anciana mujer mostraba la increíble biblioteca que cubría cada pared del lugar.

-Sí, claro… –La mirada de Dolores recorría la casa. Pronto recordó cual era su función allí, y procedió–. Mire, Señor Cervantes, le tengo que pedir…

Oscar interrumpió:

-Por favor, no me llame así. Mi nombre es Oscar, Cervantes es como me llaman aquí…

-Muy bien, Señor Oscar…

-¡Ah!… y puede decirme doctor si le resulta más cómodo… –Una gran sonrisa se dibujó en su rostro.

-…Bueno… muy bien… –Las palabras sonaban titubeantes en la boca de la jovencita–. Le iba a pedir si me podría llenar una planilla para que yo pueda presentar en la salita del barrio… son dos minutitos nada más.

Oscar se sintió atacado. “¿Quién es esta pendeja que me dice que es lo que tengo que hacer?” –pensó–. ¿Lo estaba poniendo a prueba? Él era superior. No tenía porqué dar explicaciones de nada, ni llenar ningún mugroso documento estatal.

Con su cara transfigurada en la de una bestia, dijo:

-Mire, señorita, yo no lleno ninguna planilla, ¡¿me entiende?!

Dolores se asustó por la agresividad del hombre que había sido tan amable minutos atrás:

-Bueno, no se enoje, por favor…

-¡¿Cómo no me voy a enojar?! Usté llega acá, a mi casa, ¿y me quiere decir qué tengo que hacer? ¡De ninguna manera! ¡Se va ya mismo! ¡Y que no la vuelva a ver, porque no se salva! ¡Rajá!

Oscar estaba furioso, y hasta llegó a abalanzarse sobre la asistente, que huyó tan rápido que olvidó su carpeta llena de papeles en la mesa. Teresa se había asustado con la repentina ira de Cervantes. Hasta el nene comenzó a llorar de nuevo…

-Bueno, Oscarcito, pará… no te enojes que te ponés más viejo… se te hacen arrugas…

Oscar se calmó un poco, y mirando al suelo, procedió a excusarse:

-Sí, tiene razón usted, Teresa. Le pido mil disculpas… es que estos jovencitos de hoy en día no tienen respeto por los mayores, ¿vió?

-Bueno, pero no te podés poner así con la gente de afuera, ellos vienen a ayudar… –respondió la mujer, con la única intención de calmarlo. Ella no creía en esa supuesta ayuda.

Oscar despidió a Teresa, le dio otro caramelo a Jorgito, y cerró la puerta tras de sí. Miró a la mesa, y tuvo la visión que lo había confrontado momentos antes. Esto no quedaría así. Se dirigió a la carpeta al hablar:

-Vos a mí no me ganás, ¿me entendistes? Vos no sos nada más que un par de papeles, ¡carpeta de mierda! ¡¿Me querés poner en vergüenza?! ¡Hija de puta!­ –estrujaba los papeles, queriendo ahorcarlos. –¡Sos lo peor, la peor mierda del mundo!

Algunos de los vecinos se alarmaron por los gritos y se acercaron. Golpearon la puerta:

-¡Hey! Señor Cervantes, ¿está bien?

-¡Sí, practico una obra de teatro nomás! –respondió Oscar.

Ante tal contestación, los vecinos se retiraron pronto, para no molestar a la “mente creadora” de este gran hombre.

Oscar miró la carpeta arrugada. De esa manera no le derrotaría, no. Pensó en comerla con miel, como en aquellos momentos de grandeza. Pero no era suficiente. No podía esperar tanto tiempo, no podía malgastarlo así en un par de encuestas. Así que se dio cuenta que la única manera posible era diferente. Era algo nuevo. Era más rápido, más efectivo, y pese a que sabía lo perjudicial que era fumar, lo intentaría.

Al levantarse la mañana siguiente, descubrió que el pecho le dolía demasiado. Una tos desmedida lo hizo escupir. Se impresionó al ver las secreciones negras en su mano. “Mi cuerpo se ha hecho sabio –pensó–, expulsa el conocimiento que no necesito”. Un vaso, improvisado cenicero, estaba rebalsando de cenizas. Había quedado sólo una colilla. Con odio, la encendió y se la terminó.

Era temprano, ni siquiera había amanecido en la villa. Encendió la garrafa y puso el agua para un té medicinal. Se dio cuenta que, al ritmo que iba, nunca sería tan sabio como quería. Le llevaría probablemente varios años más solamente “terminar” la bibliografía de medicina. Y los cursos eran demasiado lentos. No tenía ni cinco, ni diez años para terminar las carreras que le interesaban.

Mientras tomaba la infusión, un siniestro plan se gestaba en su mente. Era su apuesta final. No robaría más a universitarios, se jugaría el todo por el todo. Si salía bien, para el final del día estaría riéndose en la cara de todos. Demostraría así quien era.

En aquélla mochila marrón –su primer botín– puso todo lo necesario: sal, pimienta, miel, velas… un equipo que no estaba completo hasta que puso el revólver .38 que guardaba en una caja de zapatos. Cobijado por las últimas sombras de la noche, partió.

Entró al comedor de la villa. Saludó a todos y compartió el desayuno invitado por los colaboradores del lugar. Para cuando terminó el café con leche, todos se estaban retirando. Se las ingenió para burlar miradas indiscretas y así poder esconderse en la cocina. Cuando escuchó las puertas cerrarse, comenzó: tomó las tres ollas industriales que había. Rompió el candado de la puerta del fondo y salió. Se acercó a la parada del tren, y en poco tiempo estaba en camino hacia la Capital.

Una vez allí tomó un colectivo y caminó cinco cuadras. Miró hacia arriba y observó el imponente edificio. Sus formas le desagradaban, seguramente de la misma manera que a cualquier caballero medieval lo hacía el dragón que debía doblegar. Dejó en la puerta las cacerolas y abrió su mochila. Cruzó el umbral.

Al mirar al guardia dudó de su accionar. Pero el tiempo corría. Disparó a la cabeza, a sangre fría. El cuerpo del policía quedó desparramado en el piso y en todo el lugar comenzaron las corridas y los gritos. Oscar, manteniendo la calma, salió y buscó las ollas. Trabó la puerta principal con las esposas quitadas al policía; también tomó el arma reglamentaria que portaba, la cachiporra y otras objetos útiles para su fin. Se acercó al mostrador y buscó. Encontró una mujer que lloraba a gritos de cuclillas en el piso:

-Señorita, ¿por favor me dice donde está el altoparlante?

La mujer, temblando, señaló con su dedo índice. Cuando Oscar se disponía a hablar, otro policía irrumpió en el salón. Seguramente estaba en la otra entrada del lugar. Oscar, si bien se había alejado de su vida del crimen, todavía conservaba sus viejas habilidades. Con sólo dos disparos acabó el enfrentamiento. Tomaría las posesiones del agente luego de hablar por el micrófono:

-Señoras y señores, les recomiendo que salgan por la puerta del fondo. He tomado la Biblioteca Nacional, y espero que no haya más muertos, así que sean tan amables de partir dentro de los próximos… –miró su reloj– …cinco minutos.

Para las diez y media de la mañana, nadie quedaba en el edificio, a excepción de dos mujeres administrativas del lugar y un hombre de mantenimiento, que no había escuchado el ultimátum por la falla del parlante del subsuelo. Las entradas estaban selladas, así como también el baño en el cual encerró a los rehenes. Oscar estaba finalmente, en poder del lugar.

Las fuerzas de seguridad no tardaron. Rodearon el lugar y comenzaron a hablarle:

-Señor, no queremos que nadie salga lastimado, por favor libere a los rehenes…

Oscar no se apresuró en contestar. Daba vueltas por cada sala del gigantesco lugar, eligiendo los ejemplares. Algunos los tiraba al suelo, otros quedaban en su lugar.

El llamado de la policía se repitió varias veces, con variantes. En un caso intentaron una estrategia “amistosa”. Cuando los hombres de alto rango decidían si entrar por la fuerza o no, escucharon:

-Si quieren ver vivos a los rehenes, me van a dejar de molestar por cinco horas. Nada más. ¡Eso es todo lo que pido!

El altoparlante de la biblioteca se silenció. Los policías contestaron:

-Está bien, pero si en cinco horas no salió, vamos a entrar…

No recibieron respuesta.

Oscar pasó tres horas eligiendo. Le faltaban cuatro salas, pero había hecho una buena selección. Dejó de lado la hemeroteca, y algunos temas que no le interesaban. No estaba del todo convencido, pero dejó que las cosas fluyeran.

Con uno de los escobillones enormes, barrió todos los libros que había tirado al suelo. Eligió un buen lugar, un patio pequeño al lado de la cocina. La pila de libros era impactante. En el mismo patio, una carretilla de construcción sirvió para la segunda camada, los libros que habían quedado en las estanterías. Acumuló estos últimos en un costado, y procedió con el ritual.

Buscó en su mochila y retiró las velas. Las encendió una a una, pronunciando palabras en arameo antiguo, enseñadas por Gregoria. Formó un enorme círculo donde cada una de las doce llamas representaban algo.

Afuera, mientras tanto, la policía planeaba ya la entrada al lugar. Los francotiradores se apostaban en cada edificio lindante y repetían cada quince minutos la frase: “…Despejado…”. El Coronel Sullivan –líder del grupo especial antisecuestros– había tomado el mando. A su alrededor, decenas de agentes revoloteaban, recavando la información posible sobre el malviviente.

-Deberíamos entrar por la puerta principal con algunos agentes armados para llamar la atención, y por la puerta lateral enviar un grupo de rescate. ¿Alguna información desde el helicóptero? –Preguntaba el Coronel a Pérez, su subalterno.

-Ninguna en especial, simplemente se ven movimientos en el patio anexo a la cocina. Igual no sabemos todavía cuántos terroristas son, mi Coronel… –respondía Pérez.

-Bien. Vamos a hacer lo que decidí. Las opciones son pocas y el tiempo apremia. Avise a los francotiradores que se alisten para disparar.

-¡Sí, mi Coronel! –Pérez hizo la venia al contestar.

Oscar ordenó gran cantidad de libros en el medio del círculo. Estaban amontonados en forma de pirámide, con un hueco en el medio. Los roció con alcohol, encontrado en la cocina. Tomó un fósforo. Lo encendió y lo arrojó.

La pequeña explosión lo echó hacia atrás. No esperaba ese efecto. Se incorporó rápidamente y comenzó con la segunda fase de su plan. Comenzó a aspirar cuanto podía. Sus ojos se irritaban, así como sus pulmones, pero debía inhalar todo ese conocimiento. Su cuerpo le diría cuándo parar. Por eso, cuando la tos le hizo caer al piso, se arrastró hacia el interior del salón.

-¡Mi Coronel! ¡Se acaba de prender un fuego enorme en el patio!- dijo Pérez-.

-No se apresure… llame a los bomberos. Hay vidas humanas en juego, y el sospechoso parece tener alguna idea extraña… Vamos a tener que esperar un poco más. No nos podemos arriesgar. –contestó Sullivan.

Oscar sí tenía una idea. La mejor. La idea del siglo. Iba a ser recordado en los libros de historia. Esos libros que nunca había podido leer.

El humo espeso comenzó a disiparse. Limpió los anteojos, que estaban sucios de hollín. Con paciencia llenó las ollas con agua, hasta la mitad; agregó sal y pimienta. Y comenzó a sumergir los primeros libros.

Dispuso las pesadas cacerolas sobre las brasas. Habían quedado varios ejemplares afuera, pero eso no debía distraerlo. Si habría o no tiempo lo determinarían las fuerzas de seguridad.

-Coronel, está cocinando este hombre. Se podría pensar que intenta quedarse ahí por un tiempo más…

Sullivan no contestaba. Esperaba a que le dieran la excusa para poder ingresar por la fuerza. Demasiados años en la policía le habían enseñado que esa era la única manera para manejar estas situaciones. Cual tigre agazapado, esperaba a que la presa intentara comer de la carroña…

Y así ocurrió. El robusto agente de la ley recibió la orden presidencial de irrumpir. Era el momento. Con un gesto, informó de la situación a Pérez, que en completo sigilo comenzó a mover las tropas.

Oscar revolvía con un palo el brebaje. Se había espesado y su color era negro profundo, como cientos de las noches en que había intentado hacerse más inteligente. Ahora, con el conocimiento de mil quinientos libros, nadie lo podría detener. Llegaría a lo más alto. A la cima.

El helicóptero se detuvo encima del patio. La lente del observador estaba fija en el hombre. Comunicó prontamente: “El malviviente se encuentra cocinando…”.

Esa era la señal. Las puertas de la biblioteca cedieron rápidamente. Los policías se desparramaron por toda el lugar a una velocidad increíble. Encontraron pronto a sus compañeros hoy a la mañana abatidos, y eso sólo agigantó su sed de sangre. Habían recibido la orden de tirar a matar…

Don Cervantes retiró la primer olla. Sacó los libros que tenían sus páginas en blanco ya. Puso un trapo en uno de los bordes, para no quemarse. Sentía los pasos de los primeros agentes que trataban de ubicarlo… pero el lugar en donde se encontraba era difícil de encontrar. No por nada estaba ahí. Tenía una misión. Tomó los recaudos para cumplirla.

Con la manguera, roció por fuera a las ollas, apagando el fuego y enfriándolas. La que descansaba en un costado sería la primera.

Pesaba. Era de hierro. Se sentó en el piso para poder beber más fácil. Apoyó la boca en el borde e inclinó el recipiente, y el negro líquido pasó por su garganta. Y el conocimiento ya se hacía suyo, lo invadía plenamente. Chorreaba por su ropa y lo manchaba. El caldo estaba caliente, lo bañaba por completo. Sus prendas ahora sabrían de Nietszche, de Platón y Aristóteles; de Julio Verne y de Karl Marx, y de muchos más. Y el sabría. Todo.

“¿Todo?” se preguntó. Y allí cayó en la cuenta de que esta era sólo la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Le faltarían las del mundo… las de Europa, las de China… las del mundo entero.

El disparo fue certero, desde el piso de arriba. El primer oficial que lo vio gatilló sin dudar. El sospechoso se seguía moviendo, de hecho se arrastraba e intentaba alcanzar la siguiente olla. Y el agente descargó varios cartuchos más en el cuerpo del hombre.

La ceremonia fue breve. En la villa no hay despedidas largas hoy en día. Todos acudieron, eso sí; todos lo lloraron. Teresa dejó cuatro flores cultivadas en sus propias macetas. Limpió las lágrimas, y pensó en el pibe que una vez le había ayudado a arreglar el techo de chapas. Tomó de la mano a Jorgito y abrazó a Carlos, y partió hacia su casa.

Todo ocurrió con un gris telón de fondo, una noche que anunciaba la tormenta próxima a llegar.

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  1. Excelente relato aun con sus exageraciones como el banquete gourmet de sopa de letras aderezado con miel,
    El personaje me atrapo desde el primer párrafo su ingenua y decidida manera de ver y hacer las cosas,
    su hambre de saber y la inteligente observación de que el conocimiento da poder al lo posee y lo sabe utilizar.

    El retrato preciso de lugares y personajes secundarios que están totalmente justificados en el texto
    muestran rasgos de una sociedad marginada que pudiera coexistir en cualquier ciudad de América Latina. Con sus claro-oscuros donde no hay bien, ni mal solo una sociedad que trata de sobresalir mas que solo sobrevivir.

    Desde los primeros, hasta los últimos párrafos su acción violenta y decidida de arrebatar esa oportunidad a quienes la tienen fácil, es muy cercana a lo que vemos en países donde la desigualdad social y los rezagos educativos traen como consecuencia una respuesta violenta, amoral, donde el que no conquista arrebata en un equivocado pero legitimo deseo de superación, se hace lo que se tenga que hacer cayendo en el refrán "El fin justifica los medios" Su actuar aunque equivocado, ingenuo y totalmente inverosímil capto mi atención y me puso a reflexionar en los muchos Oscar que rondan tras la esquina esperando esa oportunidad, gracias me gusto mucho.

    (Me tuvo leyendo un par de veces, como no estaba completo no sabia donde me perdí y releía, pero me ha gustado mucho. )

    Espero el siguiente con hambre de saber mas, jejeje pero no como Oscar 😉 personaje ahora entrañable

    Sólo que yo lo hubiera titulado el que quería saber… 😉

    • Gracias Mar, valoro mucho tus palabras =)

      Tal como vos lo comentás, el personaje de Oscar funcionó como una caricatura, representando a la tercera generación de gente nacida en las villas de Buenos Aires.

      Reflejo de la década del 90 -con el menemismo a la cabeza- el relato intenta mostrar las consecuencias del quiebre institucional más importante desde las dictaduras, donde fueron vendidas las infraestructuras más importantes del país (por ejemplo, YPF).

      Por ahora mis textos están siendo más técnicos que otra cosa, pero en algún momento voy a retomar!

      Saludos =)

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